4/12/07

Escoger un barrio es descartar a los demás

Manu Chao: « Escoger un barrio es descartar a los demás »

El cantante y compositor pasó por la Argentina para promover su último álbum, « La radiolina », dar sus conocidos conciertos en los que la convocatoria es boca a boca y presentarse como invitado sorpresa de Los Piojos. Aquí habla de sus temas: su nomadismo, la libertad, el capitalismo salvaje y su idea de la familia.

Por: Gaspar Zimerman

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Sonrisa franca, mano extendida, mirada transparente, saludar a Manu Chao es descartar cualquier sospecha. Porque a priori, por algún extraño motivo, este europeo tercermundista genera desconfianza: como si necesariamente debiera haber algo impostado o sobreactuado en esta anti-estrella de rock, este paladín de causas perdidas, esta suerte de León Gieco a escala planetaria, este amigo de pobres y desamparados que donde va hace eso que se conoce como buenas acciones. Pero aquí no hay un personaje. Y, si lo hubiere, es agradable: sólo queda relajarse y disfrutarlo.

El ex líder de Mano Negra nos recibe en un escenario acorde a su reputación: una desvencijada oficina de la casa chorizo de Almagro devenida FM La Tribu. Un lugar apropiado: después de todo, está promocionando su último disco, que se llama La radiolina. Y su banda es Radio Bemba, y él le está produciendo un disco a La Colifata, la radio de los internos del Borda. ¿De dónde viene esta cuestión radial? « Mi padre y mi hermano trabajan en radio, y yo también, a mi manera: mis discos son pequeñas radios, con los efectos sonoros y esa negación del silencio entre canciones.Clandestino se hubiera podido llamar La radiolina, y Próxima Estación: Esperanza, también ».

El concibe a sus discos como una sola obra, y admite sin sonrojarse que repite recursos. « Hay mucha gente que se me queja de eso. Oigo bastante esa crítica de ‘¡eh, siempre lo mismo!’, y la acepto. Es que es verdad: tengo mis materias primas, mis herramientas, mis juguetes, y hasta que no estén totalmente rotos, me sirven. Mi estudio está aquí -señala una computadora portátil encendida-, no tengo una orquesta, y si se me ocurre una idea a la tres de la mañana y quiero grabarla en el momento, busco alguna de mis bases. Cuando la encuentro, para mí ya está. Muchos músicos o cineastas dicen ‘esto ya lo he utilizado, hay que hacer algo nuevo’. Y yo pregunto: ¿por qué la dictadura de lo nuevo? Si esto me sirve. No digo que no sea bueno renovarse, pero… Y eso va más allá de la música: mi moto la tengo desde hace 20 años, estas bambas (zapatillas) no me las voy a quitar hasta que estén destrozadas… »

Las zapatillas celestes acompañan a unas holgadas bermudas de jean, una remera con la bandera de Jamaica fundida con la del país vasco y una gorra, conjunto que contribuye a que sus 46 años parezcan diez menos. Y a sus palabras las acompaña un acento simpático y gestos elocuentes. Como cuando admite aquello que salió publicado por ahí sobre su uso de la marihuana como musa: « Sí, a mí me va bien. Cada uno tiene su truco. Tampoco soy un marihuanero de todo el día: a mí me llaman el caladita; con una caladita me río cuatro horas. Cuando fumo un poquito necesito tener un bolígrafo y una guitarra al lado. Para subir al escenario no, es mejor un vasito de vino. Porque si me entra la vena poética, me jodí. Pero a nivel de escritura, la marihuana me dispara. Puedo pasar diez días sin fumar, pero es una buena compañera de inspiración ».

¿Y otras drogas?

El gran debate: ¿a qué le llamas drogas?

Digamos las sustancias ilegales.

Tengo confianza en la naturaleza: todo lo que sea químico no lo uso. La que está de moda en el mundo entero, la cocaína, es una droga totalmente estúpida. No le tengo simpatía ninguna, es pura mandíbula descuajada, puro blablabla, la excitación que te da no tiene profundidad.

Obviamente, apoyás la legalización.

Sí, hasta de las malas. El peor enemigo de la democracia son las mafias, que, me temo, van a ser las dictaduras del siglo XXI. Y el dinero de la droga es pan bendito para la mafias. Tener las drogas en la ilegalidad es poner en peligro a la democracia, porque estás dándole millones y millones a la gente más antidemocrática. Aparte, la ilegalización de las drogas no funciona: se ven drogas a la entrada de todas las escuelas. El tráfico de drogas es fascismo, es una economía paralela de mucha muerte. Legalizarlas es quitar una fuente de dinero a gente súper peligrosa.

José Manuel Tomás Arturo Chao nació en París porque sus padres españoles huyeron del franquismo. Con un poco de psicología barata podría arriesgarse que de ahí provienen su compromiso político y su nomadismo. El dice que no lo sabe; en cambio, cita como influencia las visitas estivales a su abuela, en Galicia: « Les debo mucho a esos viajes. Sin ellos nunca hubiera existido la palabra patchanka -título del primer disco de Mano Negra-: los bailes del pueblo eran la pachanga. De ahí es que me entró el respeto por la verbena, por la música popular ». A los 17 años, ante el horror de una madre que lo soñaba diplomado, dejó los estudios por la guitarra. Que, para él, es sinónimo de viaje.

« Al fin y al cabo, la música me ha dado la mejor universidad que puedas soñar: viajar. Es la mejor manera de conocer hasta tu propio barrio: cuando vuelves tienes una visión más clara. Si te quedas demasiado tiempo, tres o cuatro meses, entras en la rutina y empiezas a tener la visión un poco turbia por tenerlo demasiado cerca ». ¿Y cuál es el barrio de alguien que está en permanente movimiento? « Era el Gótico de Barcelona, pero ya no es el barrio de nadie, por la especulación inmobiliaria, que es una gangrena mundial. Están quitándoles el alma a las ciudades. Mi barrio es el de Barcelona, pero también el de París, Río de Janeiro, Mali… Tu barrio es el lugar donde tienes tus pequeñas costumbres ».

Y donde sembraste alguna semilla: en Fortaleza vive Kira, su hijo brasileño de nueve años. « Está creciendo sin nubes. Como padre, el único consejo que le doy es una utopía: ‘no crezcas, quédate ahí que es la mejor edad de la vida’. Lo que más me gusta es que, más allá de la relación padre-hijo, somos amigos. Los dos somos de pocas palabras y tenemos una relación natural de colegas ». Pero el chico no es motivo para que Manu Chao piense en convertirse al sedentarismo. « La idea de familia judeo-cristiana siempre me dio miedo. Eso de papá, mamá y los hijos entre cuatro muros me da pavor: nunca quise montar una familia así, me da claustrofobia. Y eso que vengo de una familia súper linda… Me reconcilié con la idea de familia cuando llegué al Africa negra, Senegal, Mali, donde está abierta hacia el barrio, con todos los niños juntos, cierta educación comunitaria, más amplia ».

De matrimonio, ni hablar. Y de asentarse en algún lugar, tampoco. « Por ahora, la curiosidad del mundo me puede. Me encanta viajar, y hay tantas cosas apasionantes que hacer… De cierto modo tengo un problema insoluble. Asentarme… ¿dónde? En Barcelona es dejar de lado mi vida en Río, en Tijuana, en… Escoger un barrio es descartar los otros: es una decisión terrible, no puedo tomarla. La vida la tomará por mí. Mi cuerpo me pedirá asentarme, supongo, en algún momento. Mi sueño es llevar a mi hijo de gira. Ya está listo: tiene ese espíritu de meterse en la banda, de convivencia en la camioneta, de ser uno más ».

Con cierta vergüenza, Manu Chao admite que no es muy leído. Menciona a Eduardo Galeano como referente de su visión sobre Latinoamérica, a Cien años de soledad como un deslumbramiento adolescente, a Jacques Prévert como su ideal poético. Pero no duda al dar sus opiniones políticas: « La manera menos patética que hemos encontrado para vivir todos juntos es la democracia. Pero el mundo ha evolucionado: hace años los jefes de Estado por los que se votaba podían tener cierto derecho de decisión. Hoy votamos por payasetes con mínimo margen de decisión, porque la economía mundial funciona por encima de los Estados. Para influir en este mundo hay que ser accionista: ellos son los que deciden. Hay una democracia falsa, nos hacen votar por folclore. Si fuera una verdadera democracia, tendríamos que votar quién va a ser el presidente de Telefónica, Endesa, etcétera. Y ahí sí tendríamos influencia sobre la política mundial ».

¿Comparte la visión apocalíptica que flota en el aire mundial? « Hay que relativizar. Evidentemente, el mundo es un caos. Por otro lado, la mía es una de las pocas generaciones europeas que no conoció la guerra en Europa. Ignacio Ramonet, de Le Monde Diplomatique, siempre dice que vivimos una época de la historia de la humanidad bastante tranquila en comparación con otras. La gente no es más ni menos violenta que hace dos mil años, el problema es que la tecnología ha evolucionado, y las relaciones humanas no: en vez de pegarnos con espadas y bastones, nos damos con bombas atómicas. El peligro es mayor, y los destrozos son mayores. Tiene que haber cambios, porque la situación se está volviendo insostenible y no se salvará ni el Primer Mundo. De cara al futuro, hay pocas razones para ser optimistas. Por eso, hay que ser más optimistas que nunca »

Sin nostalgia por el pasado

¿Extrañás algo de Mano Negra?

No. A nivel musical, ahora me siento mejor que nunca a nivel de inspiración, de confianza en mí mismo. En la época de Mano Negra yo tenía vergüenza de cómo cantaba y tocaba la guitarra. Llegaba a un boliche, veía una guitarra y decía « uy, espero que no me la pasen ». Ahora veo una guitarra en un boliche y digo « a ver cuándo me toca ». Me siento más firme como músico y conozco mis límites. Sé lo que le debo a Mano Negra, sé que fue una escuela de vida increíble, y le estoy súper agradecido, pero no extraño nada. Sé que hay mucha gente que lo extraña, pero yo no miro pa’ trás. Siempre hay esa idealización de lo que fue: con Mano Negra pasaba lo mismo con las bandas que tenía antes, me reclamaban por Hot Pants o Los Carayos. Pero yo me siento mejor que nunca, y no tengo dudas de que Radio Bemba es la maquinaria más potente con la que he tocado.


Coherencia pura

Walter Domínguez

Algunas cosas podrán criticársele a Manu Chao, incluso algunas que él mismo admite. La repetición de recursos en las canciones es una de ellas (de hecho, ha afirmado que utiliza la misma música para dos temas distintos). Su tercermundismo, también. Sus detractores hablan del músico europeo con tarjetas gold repartiendo compromiso por Africa y América latina. Pero Manu Chao es el que se ve: siempre en ronda con sus amigos, siempre con una guitarra en la mano, siempre tocando y cantando donde la vida lo encuentre. Sin divismos. A pura coherencia.