6/03/09

Manu Chao, Ciudad Musical

Más de treinta mil personas bailaron y disfrutaron

del primer y maratónico show de la serie de presentaciones

de Manu Chao en Buenos Aires.

Ya lo sabemos, porque él mismo nos lo ha dicho: el tipo tiene en su cuerpo un motor que nunca deja de rolar. Entonces hablemos, primero, del modo en que Manu sostiene un concierto que dura más de tres horas por convención, pero que podría extenderse ad eternum. Es que lo que pretende Chao con sus maratónicos shows como el que dio anoche en el Club Ciudad es, simplemente, la transpolación de su vida al escenario, que en este caso incluye pancartas contra la instalación de minas de cobre en la Argentina y dos banderas: la wipala, de los pueblos originarios de América Latina, y la de la independencia gallega.

El quid de la cuestión parece ser, entonces, la energía. Inagotable. Y aunque a medida que pasan las horas abajo del escenario se aflojan algunas patitas, los estómagos acumulan hambre y hacen ruidos y ruiditos (como esos otros ruidos y ruiditos, característicos desde Clandestino -1998-, que Manu utiliza para intervenir sus canciones), y todos soñamos con una bendición en forma de cerveza bien helada, desde el tablado Manu, ya lo sabemos, mantiene el hechizo. Y advierte: « peligroso está el barrio », y un sudor frío recorre por un momento la espalda de esas treinta mil almas que ahora bailan a menos de un kilómetro donde en tiempos cercanos y lejanos a la vez, se torturaba y se mataba gente.

Chao, ya lo sabemos, es encantador. Irresistible para las mujeres, heroico rockstar para los varones, es un inimitable (e inmejorable) animador, elevando a la categoría de fiesta popular cada una de sus apariciones, masivas o pequeñas, promocionadas o espontáneas. Pero más allá de su carisma natural e irreducible, es un profesional con casi treinta años de escenario, y nada parece estar librado al azar, ni siquiera las intervenciones (poéticas, acertadas, conmovedoras) de algunos miembros de La Colifata (LT22, la radio de los internos del Borda), que llaman a desmanicomializar el mundo, como Beatnik, cuya voz quedó registrada en « Tristeza maleza », de La Radiolina.

Tal vez Manu ya no sea sorprendente. Su querida presencia se ha hecho cada vez más habitual por la Argentina en los últimos años (especialmente a partir de su relación con El Farolito, el sello de Los Piojos). Sin embargo, sus conciertos siguen siendo un acontecimiento. Su grupo, Radio Bemba, es un poderoso soundsystem de tracción a sangre, con parceiros eternos que la juegan de memoria, como Gambeat (bajista desde los tempranos 90, incluso en la última etapa de Mano Negra) y el percusionista Garbancito (¡de la Mano Negra!, también), y del guitarrista Madjid Fahem.

En la senda de La Radiolina, Radio Bemba le da a Manu un marco más rockero, una suerte de « reggae-core » (Martín Perez, diseñador de RS y experto en Chao, dixit) que arremete y provoca un pogo adrenalínico y adolescente. El tema del final -el mismo que abrió el show- es el que mejor sintetiza ese sonido: « El hoyo », encierra el ADN del Manu en dirección uptempo y marca la tónica de lo que fue y será. En el medio, rumba, reggae, flamenco y power-dub, manteniendo velocidad y rumbo. Una sucesión de rolitas encantadoras, y momentos de calma a la espera de la última ola. Hits entrañables, incluso de la Mano Negra, en un continuum irresistible. Tantra intenso. Tres horas que son un show, pero que es la muestra gratis de un modo de vivir la vida. La malegría, cada vez más, se parece a la alegría.

Por Humphrey Inzillo