10/03/09

Pasala bómbala

martes, 10 de marzo de 2009

COBERTURA

Pasala bómbala

Manu Chao visitó Buenos Aires y dio tres conciertos calientes. Aquí, los primeros dos: en Club Ciudad y Luna Park.

Fotos por: Agencia DP/PC

Pasala bómbala

Dos días en la vida nunca vienen nada mal. Menos si en la agenda hay marcados dos shows de Manu Chao. Por obra y gracia de los precios popularísimos, tanto el Club Ciudad de Buenos Aires, como el Luna Park, tenían colgado el cartelito de « ENTRADAS AGOTADAS ». Es la historia que se repite cada vez que el francés hace escala aquí. Acá, a los ídolos, se los quiere mucho, parece.


Pese al jueves, mucha gente se acercó temprano al Ciudad. Aztecas Tupro y Los Umbanda fueron los números invitados. Rockerísimos los primeros (« Tallo », « Dibujos » y « Garras » -junto a Pecho de Las Manos de Fillippi-, algunos exponentes); dubs, colgados y bailables, los segundos. ¡Está bien!


La ausencia de telón hacía ver más austero aún al escenario, que contaba con unos pocos trapos colgados que, entre el repudio y la admiración, hablaban de la explotación minera en nuestro país y de la lucha de los pueblos originarios de América Latina.


Raro va a ser el día que se le ocurra montar un show a lo Madonna. Figurate que aparezca volando, colgado de un arnés, con rayos láser de color verde por todos lados. O vestido de robot, como los Daft Punk, con una máquina en su brazo, llena de botones que reproduzcan los ruiditos de siempre: la sirena, el corito de niños, los disparos, « ¡Atento! »,« Aquí no pegamos los ojos », « Permanece a la escucha », « Doce de la noche en La Habana, Cuba ».


Bueno, no. Nada de espectacularidad tuvo la aparición en escena de la Radio Bembay su líder. El pirotécnico Madjidafinó su guitarra a la vista del público, que lo ovacionó de entrada. Luego irrumpió un miembro de La Colifata, que cantó un tema « sin música ni letra », dedicado a todos los malos de este mundo. Al término de esta simpática intervención, la percusión a cargo de Garbancito comenzó a toda máquina y se fueron sumando los demás, hasta que por fin salió Él, a los saltitos, colgándose del morrudo Gambeat, histórico bajista de Mano Negra. « Casa Babylon », « Panik panik » y a la bolsa. Nadie se pudo resistir.


Tres horas y algo más después, « Les rues De L’Hiver » (de « Siberie m’etait conteee », disco ignorado por el grueso del periodismo e, incluso, fans de Chao) se fusionaba con la insistente « Pinocchio » y le ponía fin a un show con escaso poder de síntesis, con un repertorio y un sonido estéticamente similar a la última visita, en 2005. A casi nadie le habrá importado esto, sólo se veían caras agotadas y felices, algunos repetirían en el Luna Park.


Y ahí estabamos cuando casi a las nueve y media de la noche del sábado, Chao y los suyos le ponían carbónico al concierto anterior, incluso hasta repitió las mismas monerías, los mismos trucos. Como por ejemplo ese tan bonito, en el que se golpeaba repetidas veces el micrófono contra el pecho, simulando los latidos de su corazón. Rojísimo tenía el pectoral, el mismo color que tomaban las caras de casi todos. El calor en el Palacio de los Deportes es realmente insoportable, lo mismo cuando rockeaban y se formaba la clásica bola-de-ruido. « Rainin in paradize », « Hamburguer fields » y « Sidi h’ bibi » (por nombrar sólo algunos), se vieron arruinados por la acústica del lugar.


En cambio, las sutilezas de « Minha galera » y « Mi vida » se realzaban y daban ganas de prometerle todo a cualquier chica que se cruzara.


Pase lo que pase y sea lo que sea, estaba todo bien porque Manu es amo y señor de quienes formen parten de su audiencia. Carismático al mango, arengador (« Sube, sube, suuuube », sugiere al tiempo en que acelera su guitarra), domina a las masas sin necesidad de feedback oral. En ningún momento le dirige la palabra al público, apenas para agradecer o introducir alguna canción. Toda la entrega es puramente física y, por momentos, se endemonia tanto como los que poguean abajo. La versión rapeada al mango de « The monkey » fue prueba de ello.


Otra vez, tampoco importaba que la coda haya sido igual de fastidiosa que la función anterior. Hasta daban ganas de volver el domingo al mismo recinto; era imposible, otros ya tenían las entradas. La algarabía y la piel de pollo se convertían en infinita tristeza, porque se estaba terminando un fin de semana único. Y habrá que buscar consuelo en algún otro lugar, porque sin tipos como Manu Chao, todo es más difícil.

Ezequiel Ruiz

Redacción de El Acople