24/08/08

Ramón Chao – Esperanza Aguirre

Rajoy es un ¡gallego!

Ramón Chao

Cuando salí de Vilalba para estudiar piano en Madrid tenia yo diez abriles, un vocabulario plagado de errores oficiales (decía quitar en lugar de sacar y viceversa, pero siempre al revés; o termar por sostener) y empleaba una sintaxis que ahora admiro en Cunqueiro y Valle Inclán : Tuviera por había tenido, por ejemplo, utilizando el pretérito (comí) en vez del penoso pasado compuesto (he comido, ha matado incluso cuando la accion ya se ha consumido : yo decía comí y asesinó.

De aquélla, en la capital de la dictadura, este idioma híbrido me acarreó no pocos sinsabores. Con un bagaje lingüistico aprendído en la familia, y el gallego en fondo que se me pegó en la calle, entré en el colegio Apóstol Santiago de Madrid y no saben ustedes las que pasé: Paleto gallego, me decían los gañanes de Navalmoral de la Mata; gallego el último, añadía el bobo de Alcorcón, y otras lindezas semejantes a cargo de rústicos aldeanos.

Eso es nada, comparado con lo que sucedió el catorce de septiembre cuando se estrenó el estadio de Chamartín, después llamado Bernabéu. El Madrid se oponía al Belenenses portugués, pues de otro país no podía ser: sólo la dictadura de Salazar se atrevía a presentarse en nuestro país. Jugaban, recuerdo, Calleja de portero, Ipiña medio, Barinaga de interior, así como Molowny en la delantera, y de los portugeses no se me olvidaron Quaresma y Espítu Santo, que yo ya empezaba a ser voltairiano y me gustaban por sacrílegos. En aquel ambiente, entre los 75.145 forofos del Madrid, recordé el dibujo de Castelao en el que se ve a un neno labrego con su padre en la raya de Portugal: « Papá, pregunta el crío, ¿por qué los del otro lado son más extranjeros que los de Castilla? » A cada gol madridista salían de las gradas berridos abrumadores, y yo callado. Cuando el único gol de Portugal, me salió un grito de esos que ahora prodigan los locutores de radio copiando a los suramericanos. Mal me fue. Al llegar al colegio me cogieron entre cuatro o cinco energúmenos y me metieron la cabeza en la taza del water. Imaginense ustedes cómo estaría un receptáculo que recibiría cientos de meadas por día, no pocas corridas y ni conat las diarreas o semejantes. A todo esto, mis torturadores simulaban la difusion del partido, y a cada ¡Goooooooooooool! madridista tiraban de la cadena. El primer tanto lo recibí con estoicismo y sin respirar, mas los tres siguientes, muy seguidos, me cogieron en plena aspiración, de modo que hube de vomitar las lentejas de la noche, el pan del desayuno, la hostia de la comunión y la bilis que me agriaba el cuerpo. Esto, repito, fue en 1947, cuando aún se fusilaba a media España.

Me vine a París, y el asco se me fue pasando, pues me dije que no volvería a ocurrir. Y he aquí que a una irresponsable política le sale la veta franquista, como le ocurre a menudo, y agarra una imagen racista quitándonos (¡aún no aprendí, caray!); sacándonos el botafumeiro para desacreditar al indeciso, desleal, traidor; es decir, tratar de gallego a un político de su misma camada. Más de medio siglo y seguimos en lo mismo.