29/08/08

Ramón Chao – Mandela

Ni ojo por ojo ni lengua por lengua

Cuando Nelson Mandela (cuyo nonagésimo aniversario se acaba de celebrar) salió de la mazmorra después de varias décadas para convertirse en el primer presidente negro de la historia de Africa, utilizó una parábola mucho más pragmática que la tan cacareada del autoproclamado Rey de los Judíos. Este había dicho: si te dan una bofetada en un carrillo pon el otro, lo que ya era un adelanto en relación con el precepto del Antiguo Testamento: ojo por ojo, diente por diente. Mandela no: durante el dominio de los boers los negros habían sufrido, además del apartheid, toda clase de vejaciones, torturas, asesinatos y otras barbaridades. Lo primero que Mandela advirtio señaló a sus ciudadanos fue : Aplicando la ley del ojo por ojo, todo el país quedará ciego. Incluso el primer ministro de Mandela fue un blanco, y asi no hubo venganza alguna en Sudáfrica.

Entre introito para abordar el tema del Manifiesto provocador. Si los bilingües nacionales aplicamos el principio de lengua por lengua ; si como toros ciegos embestimos como pretende el manipulador de la muleta, corremos el peligro de quedar todos tartamudos, y las lenguas de Cervantes y Rosalía igualmente magulladas.

Yo nací en Vilalba, como sabe todo el que me conoce (bastante lo pregono), de un padre labriego y una madre dedicada a sus labores. A los dieciseis años él emigró a Cuba donde estuvo hasta los veinticuatro, leyó mucho (Blasco-Ibáñez, Cirilo Villaverde y más tardeValle-Inclán); se convirtió jefe de claque del teatro Nacional, sólo para asistir gratis a las representaciones de óperas y zarzuelas, para regresar con un buen bagaje cultural, autodidacta y arruinado, que todo lo gastara en mulatas. Se casó. El y su vilalbesa se entendían en gallego, y a los seis hijos que fuimos saliendo nos hablaban en castellano, porque era más « fino » y el gallego estaba bien para los « aldeanos ». Curioso: nuestros padres hablanban entre ellos en gallego, a sus hijos en castellano, y nosotros también en castellano, incluso Xosé hasta que, basante mayorcito y ensotanado, renació gallego y luego enseñó nuestro idioma a medio Compostela en el liceo Rosalía Castro. En la escuela nos prohibían el gallego, que yo aprendía con mis amigos, la mayoría de ellos de origen más modesto que nosotros; con los seminaristas, numerosos en el pueblo, y con los ganaderos que vivían o pasaban por la Fonda Chao.

Llego a París a los veinticuatro años con una beca. Cando se me agotó, no sabía cómo sobrevivir. Barrí escaleras, di clases de piano, de español… e incluso dos de ruso; la tercera se la pasé para siempre a una soviética de verdad, que el chaval ya sabía tanto como yo. De pronto descubro un anuncio en el diario « Le Figaro »: en Radio Francia buscaban un colaborador que supiera música (yo era pianista), español y portugués. Me presenté. Me examinaron de las tres disciplinas, y a la de portugués contesté en gallego. Aprobado, con un contrato que duró hasta mi jubilación. Entre tanto remocé las emisiones en español, y creé las de gallego y de portugués para Brasil. Eso explica que ahora me considere por lo menos trilingüe (hablo y escribo gallego, castellano, y francés). El bilingüismo infantil me facilitó su aprendizaje, así como el inglés, italiano y ruso, éste por afinidades ideológicas: Cuando se produjo la escision entre la URSS y Pekín, la verdad es que con el chino no me atreví, además de que no estaba muy convencido de adentrarme por tal sendero.